El índice sobre rojo
(Tribuna Universitaria, 01oct07)
No porque llegase completamente desnuda a las cinco de la tarde a los siete bajo cero temperatura exterior al sexto piso, ni porque en el pasillo hubiera ido dejando sus huellas marcadas en la pared y en el suelo, ni siquiera porque el día de Todos los Santos había pasado una semana antes y antes, entre cuchillos de plástico, pirados de cartón y tripas de látex, no habíamos visto un disfraz, o lo que fuera, tan bueno como traía ella: el cuerpo cubierto de sangre desde los pies hasta la nuca, de arriba a abajo sangre en un rojo que nuestras pantallas no hubiesen reconocido jamás; tampoco por eso, ni por el olor salvaje que la acompañaba y que debería haber hecho saltar por los aires nuestras fosas nasales. tampoco porque pareciera tener la locura a punto de salir por la garganta cuando el guardia de seguridad vino a ensangrentarse cogiéndola, aguantando a la vez el mordisco que guardaba entre los dientes, tampoco por la manera de desasirse de su captura y agarrarse de nuevo al marco de la puerta sin decir una palabra.
No fue por nada de eso. Sólo dejamos de escribir la noticia del día y giramos la cabeza hacia ella porque nos estaba apuntando con el dedo índice, el índice de la mano derecha, el índice que estaba perfectamente limpio, como recién salido de una fábrica de índices o de un lavavajillas nuevo, un índice solitario y sobrenatural. Todos los repiqueteos cesaron y se nos secaron las palabras en el camino de vuelta del estómago a la nuez.
Aquella noche me dejó entrar en su casa llena de gatos polares, después de más gritos, las grabadoras en un centímetro, los flashes, las carreras, después del hilo hospitalario sobre sus treinta y ocho heridas, después de las siete. Aquella noche, mientras la ciudad tenía preguntas y yo tenía la respiración del nadador de larga distancia.
Nos acostamos abrazados y dejamos pasar la noche entre el silencio de nuestros vicios. Con el amanecer huí de la ciudad sin despedirme de nadie: no hubiese sido capaz de aguantar mientras me señalaba de nuevo con mi propio índice. Además, los redactores salvajes no sabemos escribir con dos falanges de menos.
No fue por nada de eso. Sólo dejamos de escribir la noticia del día y giramos la cabeza hacia ella porque nos estaba apuntando con el dedo índice, el índice de la mano derecha, el índice que estaba perfectamente limpio, como recién salido de una fábrica de índices o de un lavavajillas nuevo, un índice solitario y sobrenatural. Todos los repiqueteos cesaron y se nos secaron las palabras en el camino de vuelta del estómago a la nuez.
Aquella noche me dejó entrar en su casa llena de gatos polares, después de más gritos, las grabadoras en un centímetro, los flashes, las carreras, después del hilo hospitalario sobre sus treinta y ocho heridas, después de las siete. Aquella noche, mientras la ciudad tenía preguntas y yo tenía la respiración del nadador de larga distancia.
Nos acostamos abrazados y dejamos pasar la noche entre el silencio de nuestros vicios. Con el amanecer huí de la ciudad sin despedirme de nadie: no hubiese sido capaz de aguantar mientras me señalaba de nuevo con mi propio índice. Además, los redactores salvajes no sabemos escribir con dos falanges de menos.
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